Oradores dáltonicos
Hace cuatro años estuve a punto de dejar Toastmasters Sevilla. Después de un primer año intenso, donde hacía un discurso al mes y asistía prácticamente todas las semanas, fui poco a poco dejando de acudir a las sesiones. Cada vez que lo hacía, me encontraba una sala llena de caras nuevas. Toastmasters me seguía aportando, pero mi vida se había llenado de actividades que lo habían desplazado.
Después de varios meses sin asistir a una sola sesión, me llamó el Vicepresidente de Educación del club. Me dijo que necesitaban personas para concursar. En aquel momento tenía un pie y medio fuera, pero me sentía en deuda con el club y con su gente. Le dije que me presentaría a todas las categorías, pensando que sería algo así como mi último servicio.
Mis mejores resultados llegaron en las improvisaciones, donde terminé ganando el primer premio en el concurso del club y, posteriormente, en el del área. Pero el verdadero aprendizaje me lo dio el concurso de discursos preparados en español, donde no quedé entre los tres primeros. Fue una decepción, ya que era la categoría a la que, con diferencia, más tiempo de preparación le había dedicado. Era, paradójicamente, donde tenía más esperanzas y donde peores resultados obtuve.
El aprendizaje vino al intentar responder a esta pregunta: ¿Qué había fallado? La respuesta es que había fallado en muchas cosas. Al ver el video de mi participación, me di cuenta de que mi ejecución era peor que la que yo había percibido desde dentro. Hablando con compañeros, entendí que no había transmitido el mensaje con suficiente claridad o, más bien, que había transmitido demasiados mensajes diferentes. Sin embargo, hay una lección más importante que me han ido enseñando los concursos de ese año y posteriores: lo que cada persona de la audiencia recibe de un mismo discurso es diferente.
Lo que para un asistente es un lenguaje corporal abierto y expresivo, para otro es forzado y poco natural. Un juez ve una gesticulación animada y otro la ve nerviosa. Estoy convencido de que, cuando los jueces tienen más experiencia, el consenso respecto al lenguaje no verbal es mayor. Pero cuando en un concurso hay grandes oradores, las diferencias entre ellos son mínimas; una pequeña variación en la valoración determina quién gana y quién pierde.
No obstante, la subjetividad más relevante está vinculada al contenido. Y esto es importante, sobre todo, más allá de los concursos: sencillamente, un mismo contenido no conecta igual con todo el mundo. Un mismo discurso puede ser profundo e inspirador para alguien y un cliché para el de al lado. Esto lo he aprendido en las conversaciones con mis compañeros, y entenderlo es la lección más importante que me han dejado los concursos: no todo el mundo es como tú. Una misma cosa se ve muy diferente en función de los ojos que la miren.
Recuerdo que tenía un amigo con un extraño tipo de daltonismo. Diferenciaba perfectamente los colores rojo y verde, pero su cerebro los intercambiaba. No lo supo hasta que fue adolescente: en unas pruebas, el oftalmólogo le dijo que él veía el verde como los demás vemos el rojo, y viceversa. En la práctica, esto significaba que una combinación de colores al vestir para él era apropiada, mientras que para el resto era hortera.
Cuando se trata de valorar un discurso cada miembro de la audiencia y cada juez tiene su propio daltonismo. Esto, más que una lección de oratoria, es una lección de vida. No obstante, entenderlo me ha ayudado a cambiar mi actitud a la hora de competir. Ahora no espero resultados, simplemente intento dar lo mejor de mí mismo y disfrutar de la experiencia. Disfruto incluso de los discursos de aquellos que compiten conmigo. A veces tengo suerte y unos jueces daltónicos consideran, sesgadamente, que yo me debo llevar el primer premio. Aunque seguramente también se lo merezcan muchos otros.
Pero lo más importante que me aporta concursar no es lo que me dan los jueces, sino lo que me dan mis compañeros. Son las largas charlas en el coche de camino al concurso de área. Son las cenas en el chino el día antes de la competición. Es en esos momentos dónde descubro nuevos puntos de vista sobre la oratoria (y sobre el mundo) que me enriquecen. Que me ayudan a ver las cosas desde un ángulo diferente. Que me ayudan a empatizar con un daltonismo diferente al mío.
Y por si fuera poco, después de cada concurso me llevo un regalo adicional de mis compañeros de club: las valiosas sugerencias que me ayudan a mejorar como orador. Porque al fin y al cabo, este es el espíritu de Toastmasters, donde todos somos maestros y alumnos. Eso sí, todos daltónicos.
1 Puesto Evaluaciones en Español Andalucía 2026
2 Puesto Evaluaciones en Inglés Andalucía 2026
